Telefónica y la Escuela Reina Sofía prueban en Madrid un sistema que recoge en tiempo real las emociones del público y las proyecta en la interpretación orquestal.
Los conciertos de música clásica suelen comenzar con la petición de apagar los móviles. El pasado sábado 3 de octubre, en el Teatro Monumental de Madrid, ocurrió lo contrario: cerca de mil asistentes escucharon la Sinfonía número 4 de Johannes Brahms y, antes de que sonara la primera nota, participaron desde su teléfono en una dinámica planteada en directo. La iniciativa, organizada por Telefónica y la Escuela Superior de Música Reina Sofía, busca probar un uso de la inteligencia artificial para que la sala exprese lo que siente y la orquesta lo reciba. Según publica blogthinkbig.com, el objetivo no era impresionar con la tecnología, sino escuchar al público.
La sesión arrancó como cualquier otra, con la presentación de la obra a cargo del presentador. Durante esa introducción llegaron las preguntas y los asistentes respondieron sin moverse de la butaca. Los organizadores mantuvieron en secreto el formato de la dinámica hasta el comienzo del concierto para preservar el factor sorpresa. Lo que sí se conocía era la meta: trasladar las emociones del público a la interpretación de la orquesta. En el escenario, una formación de unos 60 músicos de la Escuela, dirigida por Josep Pons, interpretó la obra de Brahms. La participación no sustituía a la música, funcionaba como un puente entre quienes escuchaban y quienes tocaban.
Ese puente lo construye la inteligencia artificial. Cuando todo el público contesta a la vez desde el móvil, el sistema recoge las respuestas de forma simultánea, las procesa en tiempo real y las convierte en una reacción colectiva que se refleja sobre el escenario. Una imagen habitual es el aplauso: cada persona aplaude a su manera, pero lo que se oye es la suma de todos. Aquí ocurre algo parecido, solo que con respuestas en lugar de palmas. La IA se encarga de esa suma: junta lo que siente cada asistente y lo convierte en una voz única colectiva que llega a los músicos. Del sistema no se conocen detalles técnicos, como el tipo de modelo o la forma en que se agrupan las respuestas. Tampoco hacen falta para entender lo esencial: la tecnología no compite con la orquesta, se limita a procesar lo que dice el público con una rapidez que una persona no podría igualar.
Con tantos móviles conectados a la vez, la red es la parte que no se ve y la que más puede fallar. Un teatro lleno es un entorno exigente para cualquier red, porque muchas personas comparten el mismo espacio y usan el móvil casi al mismo tiempo. Si las respuestas llegan tarde, la reacción colectiva pierde sentido, porque ya no corresponde con lo que el público sentía en ese momento. Por eso la dinámica depende de una conectividad estable y de una respuesta casi inmediata, aunque nadie en la sala la note. Es lo que distingue esta experiencia de una votación cualquiera desde una aplicación: aquí la participación ocurre en directo, en plena sesión, y cada segundo de retraso se aprecia.
Telefónica ya había llevado la conectividad al escenario en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, donde una red 5G privada hizo posibles drones y hologramas en el concierto de apertura de su centenario. En esta ocasión, el director de Marca de Telefónica, Rafael Fernández de Alarcón, plantea el proyecto como una cuestión de acceso: la compañía quiere ser la vía por la que los ciudadanos llegan a las tecnologías digitales. La idea es que la tecnología llegue sin que la gente tenga que pensar en ella. En la sala, eso se traduce en que un millar de personas puedan participar a la vez sin interrupciones.
El concierto tiene detrás una relación larga. Telefónica es mecenas de la Cátedra de Violín Telefónica de la Escuela Superior de Música Reina Sofía desde 1999, una de las instituciones de referencia en formación musical a nivel mundial. El violín es el instrumento con más músicos en una orquesta sinfónica, y de ahí el peso que tiene esta cátedra dentro de la Escuela. En ese tiempo, ambas entidades han puesto en marcha otros proyectos de difusión cultural con un mismo objetivo: conectar a las personas a través de la música.
Un concierto sinfónico se ha entendido siempre como un acto en el que unos tocan y otros escuchan en silencio. Este formato mantiene ese esquema, pero abre un canal de participación para que la sala se exprese antes de que empiece la música. Queda por ver si esa participación cambia la forma de escuchar y si formatos así encuentran sitio en otros auditorios. Por ahora, la propuesta plantea una cuestión sencilla: qué ocurre cuando el público tiene algo que decir antes de que suene la primera nota.

