El exdirectivo de Banco Santander Javier Rumbo Lorenzo sostiene que la inteligencia artificial calcula con precisión, pero no puede fijar los objetivos del inversor ni su tolerancia a las pérdidas. La CNMV y la ESMA advierten de que estas herramientas pueden dar recomendaciones engañosas.
La inteligencia artificial ha entrado en la gestión de patrimonios con una promesa: procesar en segundos más información financiera de la que una persona leería en toda una vida. Javier Rumbo Lorenzo, exdirectivo de Banco Santander y asesor financiero independiente, plantea una división de tareas. El cálculo corresponde al modelo; fijar los objetivos y los plazos, al inversor. Su análisis, recogido por rotaaldia.com, parte de una escena habitual: escribir una consulta en el móvil y recibir al instante una cartera con porcentajes, fondos y horizontes temporales.
Rumbo Lorenzo distingue entre calcular bien y decidir bien. En casi dos décadas de banca comprobó que los errores más costosos de un particular no vienen de una operación mal calculada, sino de vender por miedo en plena caída, comprar tarde por euforia o contratar un producto cuyo vencimiento choca con las necesidades de liquidez. Las finanzas conductuales documentan ese patrón: el dolor de una pérdida pesa más que la satisfacción de una ganancia equivalente.
Un sistema automatizado juega con ventaja en ese terreno porque carece de miedo. Aplica las mismas reglas un lunes de pánico que un viernes de calma y reajusta los pesos de cada activo sin titubear. En lo que una persona tarda en abrir un informe, ya ha revisado miles de datos sobre precios, comisiones y correlaciones. Rumbo Lorenzo considera ese avance útil para el pequeño inversor, que accede a una disciplina antes reservada a patrimonios elevados.
«Una gestora automatizada con licencia está sujeta a las normas de idoneidad de MiFID II, que la obligan a conocer la situación de cada cliente antes de recomendarle un producto. Un chatbot de uso general, en cambio, contesta a lo que se le pregunta y carece de ese deber»
La frontera aparece cuando la decisión depende de información que el software desconoce. Un asistente ignora que el usuario piensa comprar una vivienda en tres años, que mantiene a un familiar dependiente o que perdió el sueño la última vez que sus ahorros cayeron un diez por ciento. Nada de eso le consta salvo que alguien se lo explique con detalle.
Los supervisores han llegado a una conclusión parecida. La Autoridad Europea de Valores y Mercados (ESMA) y la CNMV difundieron en marzo de 2025 una comunicación conjunta sobre las herramientas de IA abiertas al público. El texto advertía de que pueden generar recomendaciones inexactas o engañosas y de que carecen de obligación de actuar en interés de quien las utiliza. El supervisor español volvió sobre el asunto en un informe posterior, en el que alertaba de equivocaciones y respuestas inventadas cuando los pequeños inversores recurren a dichos sistemas sin revisión de expertos.
Para el antiguo directivo bancario, el aviso regulatorio no invalida la tecnología, sino que aclara dónde termina. Una gestora automatizada con licencia está sujeta a las normas de idoneidad de MiFID II, que la obligan a conocer la situación de cada cliente antes de recomendarle un producto. Un chatbot de uso general, en cambio, responde a lo que se le pregunta y no asume ese deber.
Antes de abrir cualquier aplicación, quien invierte debería tener claro para qué quiere el capital y cuándo lo va a necesitar, además de cuánta bajada está dispuesto a soportar sin vender. Con esos datos sobre la mesa, un modelo de lenguaje sirve para comparar fondos, explicar conceptos o simular escenarios. Sin ellos, cualquier sugerencia queda sin base, sea humana o automática.
El registro público de la CNMV permite comprobar si la entidad que ofrece el servicio está autorizada. Contrastar las sugerencias de un asistente con otras fuentes completa la recomendación práctica de Rumbo Lorenzo y de los reguladores.

